
Gente campesina, como la familia en la foto, llegaba al hotel del Quiché, Sololá, y Huehuetenango a fin de acontecer lo que sucedía en sus aldeas. Se sentían más cómodos en la zona uno, donde caminaban desapercibidos.

Desiderio sigue trabajando en la misma oficina en el Pasaje Savoy de la zona uno.


En agosto 1984 volví a Guatemala contemplando la idea de publicar un libro sobre Guatemala. Frank me invitó a compartir la casa de su abuela. Durante los últimos meses del 1984, vivíamos Frank, Chuck Siebert, un gran escritor, y yo en el segundo piso de una casa medio amueblada.
Como yo no tenía dinero, la generosidad de Frank me permitió seguir trabajando en Guatemala. Por otra parte, me hacían falta amistades y Frank era un excelente amigo. Lo pasamos bien y mal en la casa: bien porque allí estábamos juntos compartiéndolo todo -- amores tontos, comida basura y cerveza barata -- y mal porque en 1984 se desató otra ola de secuestros de estudiantes, sindicalistas y simpatizantes de la guerrilla la cual dejó a todos sintiendo una parálisis total y hasta en lo más cotidiano.
Frank en esa época escribía su famosa "The Long Night of White Chickens." Usaba una máquina de escribir portátil. Tenía la costumbre de escribir su texto a mano -- todas las mañanas frecuentaba la Pastelería Jennings (algún día se construirá una placa sobre una mesa con las palabras "Aquí tomó café Francisco Goldman") -- y luego pasarlo a esa máquina. Fumaba mucho y escuchaba incesantemente la canción "Dancing in the Dark" de Bruce Springsteen.

Entre 1982 y 1986 yo viajaba a Rabinal. Una o dos veces llevé a unas delegaciones en mi auto, pero prefería ir a solas, en camioneta, para así poder platicar detenidamente con Sor Carlota Castillo, una hermana guatemalteca y la encargada del convento en Rabinal. Ella y yo nos había mos conocido en la capital. Recuerdo que lo primero que me dijo fue, "Mi apellido es Castillo, pero de los que no tienen dinero, !jiji!" A partir de ese día nos hicimos amigas.
Pasaba tres o cuatro días en el convento con Carlota y las demás hermanas reflexionando, colaborando en un proyecto de venta de mantelitos, y escuchando testimonios de masacres del Ejército en Río Negro, Plan de Sánchez y otras aldeas cercanas. La gente me tenía confianza gracias a su relación con Carlota. Venían al convento, donde Carlota les daba un refresco, y allí contaban con una impresionante precisión los sucesos que marcaron aquellos años. Era un contraste inquietante: estar en un convento bien ordenando y tranquilo y escuchar un testimonio tras otro como éstos. Por ejemplo, en 1983 llegó una mujer muy linda y muy joven; se sentó y sin melodrama describió su repetida violación durante veintiséis días seguidos en el destacamento de Rabinal. Cuando la soltaron, un soldado le proporcionó tres kilos de frijoles y una barra de jabón para "empezar una nueva vida."
Con todos los inherentes riesgos en tener a una gringa joven y desconocida en el convento, Carlota tampoco tenía complejo de mártir. De hecho, al revisar mis fotos de esa época me doy cuenta de que existen poquísimas del pueblo de Rabinal; al llegar Carlota me encerraba en el convento -- no era sacrificio, era enorme -- y no me asomaba hasta la hora del regreso a Guatemala.

No recuerdo cómo nos conocimos. Tampoco sobresalen muchos detalles de nuestras pláticas, aunque eran muchas. Felipe simplemente era mi amigo. Hasta la fecha no sé dónde trabajaba ni de qué vivía él. Sin embargo, como muchos guatemaltecos, tenía un tremendo talento para contar los hechos de una forma hipnotizadora, con lentitud y abundantes detalles.
Felipe tenía una moto y en esa moto recorríamos la ciudad. Un sábado fuimos a la piscina de la Universidad de San Carlos. Allí pasamos la mañana platicando de quién sabe qué. No hacía mucho sol ese día, pero lo pasamos bien.
Una vez fuimos a una oficina pequeña en la zona uno. Allí Felipe sacó una caja de película de ocho milímetros en blanco y negro. Era vieja y medio dañada; había allí clips de los discursos de Colom Argueta y de Fuentes Mohr. Algunos parecían interminables, y de hecho no los vimos todo aquel día. Felipe me pidió llevar la caja a los Estados Unidos. De acuerdo. Como muchas otras películas, ésta pasó años en mi desván sin que yo tuviera el ánimo de volver a verla. En 2008 decidí a repasarlas todas. Entre ellas, encontré la caja de Felipe. Me la llevé a un laboratorio donde la pasaron a DVD. Allí, entre los discursos de Colom y Fuentes Mohr, había dos tomas cortas y granosas filmadas por no sé quién, del secuestro de personas en la zona uno por judiciales quienes los golpeaban al tratar de resistir.
También a Felipe le interesaba que yo conociera la cara normal de Guatemala, si es que tal cosa existiera en esa época. Un día fuimos a una aldea cerca de Chimaltenango, donde nos habían invitado a una boda indígena; la pareja era amigos de Felipe. No quería ir – otra boda aburrida, me dije – pero no me arrepentí; la foto de la boda -- mitad indígena, mitad occidental -- salió en mi libro. Otro día me llamó Felipe y me dijo, “Vamos a Gumarcaaj. Hay festival.” No quise ir; yo era bastante vacilona. Me pensé, “Otra foto cursi….” Pero Felipe hizo campaña, insistió, y fuimos. Una de las fotos que saqué allí – un indígena vestido de traje rojo, con dos soldados riéndose atrás – llegó a ser la portada de Guatemala: eterna primavera, eternal tiranía. Ahora me doy cuenta de que a Felipe, a pesar de su entrega al movimiento revolucionario, le fascinaba lo cotidiano.
En 1986, Felipe me vino a ver. Temía que lo persiguieran y necesitaba ayuda. Mi gran amigo, Frank Goldman, se encargó de llevar a Felipe a una embajada para que solicitara asilo político. Y, de hecho, Felipe abandonó Guatemala para Canadá.


La conocí a Myrna Ponce en la casa de Vinicio Cerezo un año antes de las elecciones presidenciales. Myrna trabajaba con Cerezo porque creía en la Democracia Cristiana. Salíamos en sus caravanas a Chichi, Quetzaltenango, Flores y Escuintla; poco a poco fuimos haciendo amistad.
Después, ya siendo íntimas amigas, me di cuenta de que Myrna me había estado tomando la temperatura, como decía ella, para ver quién era y si encajábamos. Menos mal que yo no fracasé la “prueba Ponce” porque Myrna, su esposo Armando, y sus hijos Melanie, Armandito, y Gaby llegaron a ser mi segunda familia en Guatemala.
De hecho, se profundizó la amistad después de haberse terminado la temporada electoral. Vinicio tomó poder en 1986 y aunque Myrna seguía trabajando con la DC, disponía de tiempo para estar en familia. Ibamos a Amatitlán, a Likín, y a Santa Catarina Palopó, pueblo bonito que en esa época era una aldea linda y sin contaminación. Casi compramos un terreno juntas en la orilla del Lago Atitlán. Y años después, mi hija y Gaby jugaban a Marco Polo en la piscina del Camino Real.
Sin embargo, mis mejores recuerdos son los de la casa de Myrna y Armando. Estaba situada en un condominio que colindaba con el barranco de la zona uno al lado del Cuartel General. Allí iba a comer frijoles, tomar vino rosé, y a platicar con ellos y su empleada Elsien de toda manera de tonteras. Hablábamos de política, pero más, hablábamos de cosas personales; a Myrna le pude confiar detalles que a otros no. Y Elsie era parte de la familia: cuando yo salía con la guerrilla, dejaba mis pertenencias con Myrna. Al regresar, al recogerlas, Elsie siempre comentaba, “¿Verdad que Jean viene más shuca esta vez que la otra?”
Myrna tenía otro gran aspecto de carácter que aprecio sin límites: el poder de ser objetiva y de no traumatizarse por problemas que surgían de vez en cuando. Myrna tenía mucha paciencia. Me ponía histérica, me obsesionaba por lo que opinaba fulano, o simplemente me ensimismaba; me observaba Myrna con una percepción fría pero comprensiva y me decía, “Jean, ven a la casa y cómete unos frijolitos.” Y así hacía.


El Grupo de Apoyo Mutuo (GAM) se fundó el 5 de junio de 1984, provocado por una ola de secuestros capitalinos de sindicalistas, estudiantes y trabajadores. Rosario, Nineth e Isabel, sus fundadoras, se habían conocido en los pasillos del Palacio Nacional y en los hospitales y morgues donde buscaban noticias de sus familiares. Entre 1984 y 1985 ellas organizaron manifestaciones; sus protestas de cacerolas frente al Ministerio Público culminaron en una caminata en octubre de 1984 desde San Lucas Sacatepéquez hasta la Catedral, donde hubo misa por los desaparecidos. Ya para 1985 el GAM contó con más de seiscientos participantes.
Sin querer, me identifiqué con Nineth, quizá porque nos era fácil compartir los detalles de nuestras respectivas vidas personales. Posiblemente era para ella un pequeño desahogo poder contárselo a una persona extranjera – una cara nueva y sin vínculo alguno a lo que en ese entonces era una bastante cerrada sociedad guatemalteca. Comíamos juntas y andábamos en el mismo auto. A veces venía a mi hotel y de vez en cuando yo comía en su casa. Conocí a su hija, Alejandra, que tenía apenas dos años.
El liderazgo del GAM nunca imaginó que, además de los atropellos sufridos por sus parientes a manos del ejército, se volverían víctimas ellos también. Héctor Gómez Calixto, otro fundador del GAM, fue secuestrado y asesinado en vísperas de Semana Santa de 1985. Su cuerpo fue tirado a la entrada a Amatitlán; tenía los brazos quemados y la lengua cortada. Regresando a la capital, después de su velorio, comentó Rosario que no les pasaría nada a ellas tres puesto que “hasta los matones descansan durante Semana Santa.” Cuatro días después, en Jueves Santo, Rosario, junto con su hermano y su hijito, Augusto, fueron secuestrados, torturados y asesinados. Para aparentar un accidente, fueron tirados, en su auto, a un barranco poco profundo en Villa Canales. En el velorio se vio que a Augusto le habían quitado las uñas. Recuerdo que después fui a la casa de la mama de Rosario junto con John Burnett, un excelente reportero de National Public Radio en EE.UU. John, por supuesto, estaba indignado. Él, como muchos periodistas extranjeros, recordaba la imagen de Rosario en las manifestaciones; con un cigarrillo en una mano y la bocina en la otra, ella dirigía las protestas: “Vivos se los llevaron; vivos los queremos” era el eslogan del GAM. John dijo que la muerte de Rosario ya era el colmo, que ya no quería estar en Guatemala. Él reflejó los sentimientos de muchos de nosotros.

Gilles Bienvenu vino a Guatemala en un momento interesante. Ya para 1989 la “guerra” se había terminado, pero en cambio no había paz. Poco después de llegar, él decidió visitar Nebaj, donde había una ONG francesa que trabajaba con viudas y huérfanos en Las Violetas, un terreno de casas de lámina poblado por familias desplazadas. Gilles llegó sin fanfarronada, manejando su propio auto, trayendo en un maletín paté y queso Brie a un lugar donde ni había agua potable.
Nos hicimos amigos. A pesar de sus hartas obligaciones diplomáticas, no era presumido. De hecho, nos cambiamos de papel: como yo tenía pocos pretextos para salir a comer en un restaurante de lujo, Gilles se hizo mi excusa para almorzar en el Sereno en la Antigua o en la zona diez. En cambio él se quejaba. “Mejor hubiéramos comido en el campo,” medio gruñía.
Tampoco le gustaban mucho los compromisos obligatorios de su papel de diplomático. Me acuerdo de las elecciones presidenciales de 1990. Él tenía que observarlas en su función de diplomático. La noche de la primera vuelta nos encontramos en el restaurante del antiguo hotel Dorado Americana, hoy el Barceló. Se le acercó Tasso Hadjidodou, el eterno agregado cultural de la embajada. “El señor embajador quiere saber qué hay de noticias,” preguntó Tasso. “Dile al señor embajador que no hay nada que reportar,” respondió Gilles. Tasso se rió.
De hecho, Gilles, sin querer, puso a prueba más de una vez su compromiso de imparcialidad diplomática, y ayudó a muchos. Por ejemplo, usó la valija diplomática para hacer llegar copias de mi libro a Guatemala. Además logró sacar a Francia una persona perseguida por el ejército. Más que nada, para mí representaba una poco de normalidad en Guatemala en una época que carecía de ello.



Lo conocí a Rodolfo en 1985 en las oficinas del sindicato de la embotelladora Coca Cola de la zona 11. Rodolfo había sido secretario general del sindicato durante la toma de la fábrica de 1984 a1985. Los dueños habían decidido cerrarla pero los trabajadores se rehusaron, lo cual resultó en una ocupación laboral de la misma que duró más de un año.
Se podría decir que ser Secretario General del sindicato de la Coca Cola en ese entonces era ser masoquista; entre 1975 y 1980, ocho sindicalistas fueron asesinados. De hecho, tantas eran las intimidaciones que ya para 1980 su membresía había bajado de 500 a 63. Quizá lo más impresionante de la toma fue el sacrificio económico y personal de los sindicalistas: al decidir tomarla, ellos sacrificaron la indemnización por cese.
Rodolfo, siendo Secretario General, dirigió la toma de la embotelladora y milagrosamente la sobrevivió. En cierta forma, la exitosa ocupación de la fábrica – cuando abrió de nuevo, la nueva gerencia concedió a los trabajadores ciertos nuevos beneficios claves – se debe al liderazgo de Rodolfo. Rodolfo tiene un don de ser tierno y caradura a la vez. Con las viudas de los compañeros secuestrados, con sus compañeros de trabajo ,y con todo visitante que viniera a conocer el sindicato, Rodolfo demostraba una generosidad y paciencia sin límites. El organizó a las viudas e hijos de los sindicalistas caídos para que lograran ayuda económica del exterior, y más de una vez contribuyó de sus propios fondos personales para que una u otra familia sin padre pudiera comer o comprar libros escolares. Por otra parte, Rodolfo era capaz de ser intransigente en cuanto a su postura ante la gerencia de la Coca Cola. Para Rodolfo, “no” era “no.” Y punto.
Después, cuando Rodolfo fue elegido Secretario General de UNSITRAGUA, la Unión Sindical de Trabajadores de Guatemala, nos veíamos a menudo en su antigua sede sobre la Sexta Avenida de la zona uno. Tomamos un sinfín de café en esas oficinas; Rodolfo bebía, fumaba, y hablaba, y contestaba el teléfono a la vez con una tranquilidad asombrante. Rodolfo también era compasivo en sus amistades. Una vez llegué a Unsitragua y, tomando un café, Rodolfo me presentó a un amigo de desde la infancia. Era una persona cuarentena, simpático. Era judicial. Le pregunté si pudiera entrevistarle. Me dijo que sí. Me describió su trabajo, incluso las formas de interrogar y torturar a las personas secuestradas. Me dio permiso para usarlo en mi libro. Unos días después regresé a Unsitragua. Él estaba allí; me regaló una talla de madera, pintada. Era muy linda. De hecho, está colgada en mi oficina.


Mis únicas fotos de Julio no deberían existir puesto que él es un excelente periodista y en los ochenta los buenos periodistas ya estaban o muertos o en exilio.
Julio y yo nos conocimos en las oficinas de La Hora. Él sospechaba de mí: otra gringa ingenua que no sabía en qué se había metido. Para sondear las aguas, Julio me llevó al mercado detrás de la Catedral a comer ya-no-recuerdo qué clase de comida. Después me pregunté dónde comía Julio cuando no se trataba de impartir una lección a las periodistas extranjeras.
No obstante sus sospechosos gustos gastronómicos, Julio era periodista sin paralelo en Guatemala y casi el único quien, en esa época, se atreviera a investigar los temas difíciles: el ejército; la corrupción; el negocio de la prensa (robándole una frase a Mario Carpio Nicolle). Julio era tenaz y apegado a la verdad y tenía un don de palabras que era la envidia de los demás. Sin embargo, también sabía evitar que su política personal influyera en sus comentarios; siempre era y es apegado al desinterés periodístico. Y no aguantaba a los faferos.
Ya para 1985 todo periodista que llegara a Guatemala pedía entrevistarle a Julio porque sabían que con él podían contar con una análisis objetiva y profunda de la situación en Guatemala.
Por supuesto, hubo represalias. En 1988, poco después del allanamiento de las oficinas de la Época donde él trabajaba, Julio fue secuestrado cerca de su casa en la zona diez. Tuvo suerte: fue dejado inconsciente en la misma vecindad.
Phil Heyman, profesor de Derecho en Harvard, lo había conocido a Julio en una visita a Guatemala; cuando supo de estos últimos eventos, le ayudó a Julio a conseguir una beca Nieman en Harvard. Julio y su esposa, Bárbara Schulte, abandonaron Guatemala. Hoy en día Julio trabaja en Europa para el Inter Press Service.


En 1986, año de retorno a un gobierno civil y cuatro años después de la formación de las patrullas de autodefensa civil, las “PAC,” varios patrulleros quichelenses protestaron su participación obligatoria en ellas: les quitaban tiempo de su trabajo y sus familias y era peligroso andar de noche, desarmado. Además, las PAC creaba fisiones sociales intra-comunitarios: si alguien no quería patrullar, él corría el riesgo de ser denunciado por un vecino o hasta un familiar.
Los patrulleros le pidieron ayuda a Amílcar Méndez. Amílcar había nacido en Santa Cruz, y aun siendo ladino gozaba de la confianza del campesinado indígena. También era maestro bilingüe lo cual le permitía formular peticiones en español y quiché. Y además, su conocimiento de la Constitución era extraordinario.
Para lograr abolir las PAC, Amílcar propuso dos objetivos. El primero fue organizar a los patrulleros. De hecho, en julio 1988 se fundó el Consejo Étnico de Comunidades Runujel Junam (Todos Somos Iguales) (CERJ), una decisión que requería de bastante valentía puesto que la comandancia de la base miltar local estaba a un paso de su casa, y donde el CERJ también tenía sus reuniones. El CERJ fue un éxito: un mes después contaba con seis mil miembros. Segundo, y el objetivo principal: poner en manos de los patrulleros una copia de la Constitución para que conocieran sus derechos. Había un pequeño obstáculo: la mayoría de los patrulleros eran analfabetos. Para superarlo, los dirigentes del CERJ leían los artículos relevantes en voz alta en las reuniones a fin de que los miembros los memorizaran. Entre las imágenes más agridulces de los ochenta sobresalen dos: primero, los miembros de CERJ, Constitución en mano, repitiendo Artículo 34 que garantiza la libertad de asociación; y segundo -- lo que parece un dibujo de escarabajos en fila -- las huellas digitales de los patrulleros analfabetos peticionando la disolución de las PAC.
Lógicamente, Amílcar y el CERJ sufrieron repetidas agresiones. En 1988 seis miembros del CERJ fueron secuestrados; por su parte, Amílcar y su familia abandonaron el país varias veces.
En 1990 Amílcar recibió los premios Carter-Menil Human Rights Prize y el Robert F. Kennedy Human Rights Award.
En 2007, Pepe, el hijo de Amílcar fue asesinado en la capital. Nunca se ha esclarecido el crimen.



Salir con los candidatos presidenciales no era difícil. Llamabas a la sede del partido en Guatemala y para el próximo fin de semana te encontrabas en un Suburban blindado-polarizado, o en un salón privado del Aurora, en camino a Flores, Esquipulas, o Huehuetenango con el candidato, sus guardaespaldas, y su manada de seguidores.
Pedí salir con la Democracia Cristiana a finales del 1984. Me lo concedieron puesto que la avalancha de periodistas internacionales que vendría para las elecciones y el debido retorno a la democracia no llegaría hasta 1985, y sobraban tiempo y espacio en aquel entonces. Además, yo trabajaba para la revista Time, y mejor todavía a ojos de ellos.
La popularidad de la DC se debía en parte a su misma sobrevivencia: elecciones robadas en 1974; trescientos dirigentes asesinados; y la suerte del mismo candidato presidencial, Vinicio Cerezo quien, a raíz de tres atentados, portaba 24/7 un arma cargada. Pero había otro factor aún más importante: el carácter del candidato. Si salías con la Democracia Cristiana, no salías con el “doctor” o el “ingeniero”; salías con “Vinicio.” Me pregunto si la primera vez que lo conocí, le traté de “licenciado” Cerezo. A lo mejor sí, y garantizado que él lo despachó con su conocida risa ronca, diciendo: “Hombre! No insultés!”
Vinicio, de hecho, era el Bill Clinton de la política del Istmo. A Vinicio le encantaba entremezclarse con la muchedumbre. Llegabas a Chichi, a Xela, o a Likín y la gente se le acercaba con profunda y a veces desenfrenada emoción, como si todas sus esperanzas almacenadas durante décadas por fin hubieran encontrado a su verdadero Mesías. Además, y a diferencia de los otros candidatos, era evidente que la gente se sentía cómoda con Vinicio y él con ellos. Vinicio no era el futuro presidente, sino su hermano, su cuate, su compañero en los altibajos de la vida.
En cada pueblo que recorríamos, la gente le pedía cosas: “Vinicio, cuando te hagas presidente…”; “Vinicio, no seas malo….; “No te vas a olvidar….” Y en cada parada alguien hacía listas. A veces se las hacía Vinicio mismo; sacaba un boli y un papel y apuntaba todo como si fuera para Santa Claus. Quién sabe qué se hizo de esos papeles.
Cuando le propuse a Vinicio realizar un ensayo fotográfico de la vida diaria de un candidato presidencial, él sin pensarlo dos veces me dio acceso a todo. Era el perfecto sujeto fotográfico; simplemente no me hacía caso. Yo sacaba fotos y él al menos aparentaba ignorar mi presencia. Le saqué muchas fotos a Vinicio: dando discursos, dando la mano, comiendo, bebiendo, haciendo karate (cinturón negro), siendo entrevistado y fotografiado, y hasta peinándose en el baño de su casa. A veces me pregunto por qué me lo aguantaba si él sabía perfectamente que a lo mejor esas fotos nunca aparecerían ni en la Time ni en ninguna otra revista. (De hecho, cuando la ya difunta Life magazine vio mis fotos y el acceso que gozaba, me dijeron, “Si éstas hubieran sido de Daniel Ortega…”) Vinicio tampoco lo hacía por egoísmo porque la verdad es que en su casa sobraban discípulos y mujeres y parásitos. Creo que lo hizo simplemente porque no le gustaba estar solo.